No pudo ser. El sueño se esfumó prácticamente antes de empozar. Llegamos a Copenhague sin esperanzas y nos fuimos ilusionando a medida que pasaban los minutos. Nuestros representantes parecían haber hecho un buen trabajo y de repente nuestras posibilidades aumentaron considerablemente. Revolucionamos las casas de apuestas. Volteamos a Chicago. Pisoteamos a Tokio. Y llegamos a la gran final. Ahí termino todo. Con lágrimas en los ojos y el corazón encogido por una extraña mezcla de orgullo y decepción, nuestros representantes llenaban sus maletas preparando el regreso a casa con las manos vacías. Madrid no acogerá los Juegos Olímpicos del 2016.

El esfuerzo ha sido titánico y la sensación es de injusticia. Madrid, España, había hecho las cosas bien. Mejor aún: excelentes. nuestro proyecto era de lejos el mejor de todos, igual que sucedió en la propuesta 2012, pero hemos sido de nuevo derrotados. Ahora, dos días más tarde, pasadas las 24 horas de luto de rigor, con las heridas lamidas y las muñecas con agujetas de tanto estrechar manos, debemos ser prácticos y plantearnos si de verdad se ha hecho todo lo que se ha podido. Ahora es ya momento de buscar responsabilidades y, antes de plantearnos siquiera i embarcarnos en la aventura de Madrid 2020 y subirnos en un nuevo proyecto de esfuerzo, dinero y sueños, debemos valorar si los organizadores han cumplido su propósito o nos han fallado en algo.
Al termino de las votaciones, Alejandro Blanco, presidente del Comité Olímpico Español, valoraba el resultado con suma coherencia. A su entender (y no puedo estar más e acuerdo), España no ha contado con ningún voto europeo, ya que estos pensaban que, si Europa acogía unos Juegos dos ediciones seguidas sería prácticamente imposible que en el 2020 se repitiese la jugada (cerrando puertas a París, Roma, Venecia, etc.), mientras que países Africanos, Asiáticos y el resto de Latinoamérica veía con buenos ojos la candidatura de Río para romper así la abusiva hegemonía entre el norte de América y Europa (con leves excepciones como Pekín). Inteligente reflexión. De hecho, es tan inteligente que un servidor no puede evitar preguntarse si no se podía haber realizad hace cuatro años, cuando se decidió presentar la candidatura.
Realmente, alguien tenía esperanzas de ganar. ¿O ha sido too un paripé político para hacerse ver y tener todos los españoles engañados con el cuento de lo buena que es Madrid y lo chulos que somos que vamos a romper la tradición e no repetir sede olímpica en un mismo continente. A veces nos quejamos de lo fácil que es confundir deporte con política, pero en esto de las candidaturas olímpicas es casi imposible separar una cosa de la otra. El propio Obama lo demuestra con su presencia en Copenhague, simple fachada para disimular un fracaso anunciado. ¿Queremos de verdad volver a pasar por esto? ¿la pena la inversión y el esfuerzo para unas votaciones donde, casi con toda seguridad, parís partirá como favorita? ¿Podría Madrid quitarse la etiqueta de fracasada si salimos derrotados por tercera vez consecutiva?
Estas y otras preguntas deberían hacerse los miembros del COE antes de dar un paso adelante y empezar a inventar slogans y simbolitos de Madrid 2020.
Madrid 2016 ha sido un fracaso. Una lástima, sí, pero también un fracaso. Y no hay duda de que alguien debería asumir responsabilidades y reconocer sus errores en público. Se han tomado decisiones erróneas, se han realizado alianzas débiles (no hay más que ver los pocos votos sumados en la segunda y tercera votación, o la polémica entre Odriozola y la candidatura de Río) y alguien debe pagar por ello.
Lamento de veras no volver a ver unas Olimpiadas en mi país, pero exijo también que, pasado el tiempo de las lágrimas, llegue la hora de actuar.
¡Dimisiones ya!

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