lunes, 19 de octubre de 2009

Absurda pólemica cristiana sobre Agora.


Este fin de semana he aprovechado un hueco para escaparme al cine a ver Agora, la nueva película de Amenabar que se estrenaba envuelta en dudas debido a su dudosa calidad y al presunto tono anticristiano de la cinta. No es mi intención realizar una crítica de la película como tal (debido a mi pasión por el séptimo arte debo controlarme o cada semana haría una entrada cinéfila convirtiendo este en un blog de cine en lugar de uno de opinión general), aunque sí diré que a mi personalmente me pareció una obra maestra y, sin duda, su mejor película hasta la fecha (sigo preguntándome qué habría sido de "Los otros" si antes no hubiese existido "El sexto sentido"), de manera que, apartandome de la opinión meramente cinematográfica centraré mi comentario en el tema del cristianismo, advirtiendo ya que a continuación mencionaré algún spoiler que, pese a todo, no os estropearán la película a aquellos que aún no la hayáis visto.

De entrada, quiero recordar que la historia que se describe (la vida de Hepatia) está situada en un periodo histórico real, si bien es cierto que no se conservan escritos de la protagonista y que todo lo relacionado con Alejandría y su biblioteca (así como el faro) está rodeado de un áurea de misterio y leyenda. No es cuestión, por tanto, de creernos los hechos escritos de pies juntillas, aunque nada de lo representado en pantalla chirría con una realidad histórica que se ha repetido a lo largo de la historia una y otra vez.

Ciertamente, los cristianos se muestran en algunas facetas como violentos y crueles, lo cual no creo que deba sorprendernos. En el mismo momento que existe algo con un nombre tan contradictorio como son las "Guerras Santas" estamos aceptando que las creencias religiosas son (o han sido) fuentes de violencia y odio, siendo esto válido para el cristianismo, el islamismo o cualquier otra creencia religiosa que nos venga a la cabeza. Ello no debe englobara toda una religión, ni tampoco a sus practicantes, sino a unos momentos histórico concretos y a unos fanáticos en particular.

Agora no habla sobre las religiones ni sus peligros, como alguien ha querido entender, sino sobre la intransigencia en general. Dos personas que opinen de forma diferente ya tienen un motivo de odio y la religión es tan solo una excusa, como en nuestra época puede serlo el fútbol, por poner un ejemplo. A mi entender, la intransigencia mostrada en el film de Amenabar ni siquiera se fundamenta en la religión, sino en la cultura y el temor a los demás. Ciertamente, se habla de grecorromanos, cristianos y judíos, pero yo lo interpreto más como culturas diferentes que no por los dioses a los que rezan. La escena en la que se destruye la biblioteca muestra el temor a una cultura y unos símbolos anteriores, que no deben regresar, y el momento en que los parabolanos simbolizan su dominio tirando una estatua de la biblioteca me recuerda demasiado a las imborrables imágenes de la caída de la estatua de Hussein o, incluso, de los intentos del gobierno español actual de eliminar todo resto de la dictadura con la retirada de estatuas y símbolos franquistas de las calles.

Aceptando pues que los conflictos que muestran en Agora son más culturales (e incluso políticos) que meramente religiosos (de hecho, se pelean entre ellos por sus fes, y contra Hepatia por su ausencia de la misma), tampoco desde este punto de vista encuentro tan voraz la crítica a los parabolanos, representantes de la peor cara de los cristianos. Según lo narrado en la película, si bien la "imposición" del cristianismo no es todo lo sutil que debería, son los agónicos seguidores de los dioses egipcios quienes dan el primer paso temerosos de la desaparición de su religión, y solo el número hace posible el dominio cristiano, cuyo ataque es, en realidad, una defensa ante la necedad de Teón, padre de Hepatia (y que él mismo reconoce poco antes de morir), mientras que si bien en el posterior conflicto entre cristianos y judíos son los primeros los que tiran la primera piedra (metáfora hecha realidad en el más puro sentido de la palabra), ya que ellos son los que, acorralados y temerosos por su minoría y por su decadente influencia política ante la importancia que el Obispo ejerce sobre los romanos, se cobran sus primeras víctimas mortales, en un acto de traición y cobardía que es respondida, de nuevo, por los cristianos con mano dura y crueldad.

No pienso justificar a unos ni a otros. El fanatismo siempre ha sido, es y será, peligroso y no hay mayor estupidez que la de querer imponer una idea por la fuerza, pero me parece igualmente una muestra de fanatismo condenar una película (o un retazo de historia, ya puestos) por querer ver en ella un mensaje antirreligioso que yo, particularmente, no he sabido ver.

De todos es conocida la forma de pensar y los ideales de Amenabar, pero hay que saber separar a la persona del director. ¿O acaso resulta que el chileno cierra siempre una puerta antes de abrir otra por miedo a los fantasmas?

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