Vaya por adelantado que esta entrada pretende analizar la huelga general, sus motivos y sus consecuencias, no hacer una reflexión personal sobre la conveniencia o no de la misma. Porque respaldar o no la huelga es un derecho (y un deber) de cada trabajador, y no soy nadie (ni tampoco un enlace sindical) para decir lo que cada uno tiene o no tiene que hacer.
Quien me siga habitualmente sabrá deducir mi opinión sobre la manera en que el gobierno está gestionando una crisis económica que si bien no es completamente responsabilidad del mismo (todo el planeta se vio sumido en la crisis), si es responsable en gran parte de su gravedad. Es necesario dar un toque de atención al presidente, y dejarle claro que el trabajador ni aprueba ni entiende ciertas medidas para contrarrestarlas que según se mire pueden arruinar más al ciudad
ano medio.
ano medio.Ahora bien, ¿es una huelga general la mejor manera de reflejarlo?
Lo primero señalable es cómo se ha organizado la huelga, prevista desde antes del verano y con demasiado tiempo por medio como para que los ánimos, muy calientes con la reforma laboral, se empezaran a enfriar, y para que tras las vacaciones y la habitual recesión económica que se sufre en septiembre (la de enero no es la única cuesta), muchos mileuristas se lo piensen dos veces para prescindir voluntariamente del sueldo de una jornada, independientemente de cual fuese su deseo.
Por otro lado, cabe destacar que la libertad de huelga no es tal. Muchos negocios permanecieron abiertos con la persiana metálica a medias por miedo a los piquetes, mientras que en industria -que se dice que es donde el seguimiento fue mayor- hay empresas que para evitar problemas decidieron no realizar producción (como fue el caso de SEAT), de manera que el trabajador se veía obligado a hacer huelga sin posibilidad de decidir.
Por lo tanto, ni los que hacen huelga están necesariamente a favor de la misma (el miedo a los piquetes es decisivo), ni todos los que no la hacen están en contra.
Cuando se miran los números, esto no se tiene en cuenta, y nos convertimos en simples datos estadísticos que, por una vez, hace que sindicatos y gobiernos estén casi de acuerdo a la hora de estipular el seguimiento de la misma. Una prueba más de lo absurda que es una huelga cuando hay tantos pactos de antemano.
Otro tema son las manifestaciones posteriores, que si bien pueden ser una buena manera de medir la opinión del pueblo, lamentablemente terminan desembocando en caos circulatorio y campo libre para los inciviles que, cultos entre las masas, disfrutan con el destrozo general.
Al fin, la huelga ha pasado y todo sigue igual. Tirón de orejas a Zapatero de cara a la prensa internacional y los únicos vencedores los sindicatos, que han montado un paripé para que parezca que son uña y carne con el trabajador cuando lo cierto es que son un organismo obsoleto por no decir que dudoso.
Desde aquí, solo puedo felicitar a los que ejercieron libremente su derecho a hacer (o no) huelga. Son los únicos que se has podido sentir libres por un día.
Aunque no les vaya a servir de nada.

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