Ya hace unos días que se ha producido la tan deseada por los padres vuelta al cole. Atrás quedó el verano, la playa, los juegos... y los chiquillos deben volver al encierro de sus aulas, a las cadenas de los horarios y a la tortura de los exámenes, esos lugares, las escuelas, donde se les prepara ya para la rutina del trabajo que les esperan en un futuro.
Muchos padres anhelan ese día para volver a sentir lo que es la libertad, aunque ahora son los abuelos los que temen la maldita hora de salir de clase. Pero, ¿qué pasa con el resto de los humanos? ¿Como nos afecta la vuelta al cole a los que no somos padres, ni niños, ni abuelos?
Pues mal, para que nos vamos a engañar. Después de unos meses donde la circulación por la ciudad era relativamente tranquila volvemos a encontrarnos con un tráfico más abultado, torpes autocares ignorando alegremente el carril bus o las señalizaciones de paradas y coches de papás con prisas aparcando en doble, o incluso triple, fila en las cercanías de las escuelas.
No logro entender -supongo que por el hecho de ser egoísta y no ser padre- la carta blanca que se tiene para estacionar de cualquier manera en las calles con colegios. Mientras desde el Ayuntamiento nos instan a los trabajadores o compradores a acceder a nuestras ciudades en transporte público (cada vez más caro y menos puntual) nadie se preocupa por los vehículos que cortan calles y dificultan el trafico alrededor de las nueve de la mañana y de nuevo a las cinco de la tarde. No hay multas para ellos, ni reproches de la urbana... nada.
¿Acaso es tan grave aparcar correctamente a un par de manzanas del colegio y acompañar al niño o niña e turno a pie el ultimo tramo del trayecto? O mejor aún, ¿no se puede llevar a un niño en metro o autobús al cole? Desde luego, sería una buena oportunidad para ir concienciándolos del uso de transporte público, porque si desde pequeños ven a sus padres llevarlos y traerlos en coche reinventándose a su conveniencia las normas de circulación, ¿porqué van a ser ellos diferentes?
Lo siento por los sufridos padres (y no me cabe duda de lo duro que debe ser y lo difícil de conciliar la vida familiar con la laboral), pero desde aquí insto a los ayuntamientos a que impidan que las puertas de colegios se conviertan en zonas de guerra automovilísticas y eviten que carriles enteros queden bloqueados por esos padres con demasiadas cosas que hacer que no pueden permitirse un ligero paseo a pie con sus retoños.
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