domingo, 22 de noviembre de 2009

Los nuevos límites de velocidad.

Bienvenidos de nuevo. La semana pasada, como pudisteis comprobar, no hubo actualización debido a un ligero problema técnico. Ya solventado, aquí estoy de nuevo para daros mi punto de vista sobre un nuevo tema sobre el que os invito a opinar desde ahora mismo.

Quería hablaros de los nuevos límites de circulación que nuestros queridos gobiernos se están inventando desde hace un par de años. Sí, digo bien, inventando. Y es que nunca ha podido entender qué pinta el gobierno (los ayuntamientos, en este caso) para contradecir y reescribir el código de circulación.

Vayamos por partes: por un lado se han sacado de la manga lo de la zona 30, una serie de calles (hablo de Barcelona, pero creo que se está extendiendo por todo el país) en las que el límite ha dejado de ser de 50 km/h como se supone corresponde a un núcleo urbano para ser rebajado casi hasta la mitad. Esto podría ser interesante en tramos de calles específicos (entradas de colegios, hospitales) pero no con lo a discreción que se está realizando. Cuando se probó el invento se crearon unos badenes pintados de rojo al inicio de la zona y otro al final, con la señal de prohibición claramente pintada en el suelo, en calles estrechas y de un solo carril, a modo de (según las define el propio RACC) puertas de entrada y salida. Ahora, las zonas 30 solo se distinguen por las señales verticales, se sitúan en calles de dos o más carriles y sin que haya ningún motivo de peso para tal medida de seguridad (hablo de calles con buena visibilidad, semáforos en lugar de pasos de peatones o de poca afluencia de viandantes). Eso sí, lo que nunca falta es una patrulla de la guardia urbana escondida detrás de los contenedores de reciclaje o incluso entre los matorrales de las zonas ajardinadas con sus infalibles radares fotográficos.

Por otro lado tenemos las entradas y salidas de la ciudad, autopistas y autovías que sin lógica ni razón alguna reducen la velocidad máxima de 120 km/h (tal y como establece el código de circulación) a 80 km/h,aunque con el nuevo inventito de la velocidad variable puede verse limitada a 60 o incluso 40 km/h en determinados momentos, obligando al conductor a ir más pendientes de los indicadores que de las incidencias propias de la circulación, o con un ojo mirando la vía y el otro el GPS que indica la velocidad adecuada en cada momento.

Quien lea esto y no sea conductor habitual pensará que estoy exagerando, pero os puedo asegurar que he llegado a sentir miedo en una autopista ante la incertidumbre de no saber a que velocidad podía circular, terminando por ir a ritmo de tortuga o por mi derecha y soportando que todo el mundo me adelante (en ocasiones incluso con pitios) hasta ver un indicador que me confirme el límite. Por supuesto, cada vez que hay una reducción de dichos límites, hay un radar bien oculto para acompañarlos y atrapar al conductor distraido.

Esto sin hablar de los clásicos radares de carreteras, ubicados también a escondidas en largas rectas de dudosa peligrosidad en lugar de situarlos en puntos negros e indicarlos de forma visible para persuadir al conductor de que reduzca la velocidad y extreme las precauciones. Al fin y al cabo, los radares y límites de velocidad se han creado para salvar vidas... ¿o no?

No, evidentemente no. La única razón de ser de estas medidas son de carácter recaudatorio. Soy consciente de que parece la típica excusa del mal conductor pero por más vueltas que le doy al tema no se me ocurre otra explicación (lo de reducir la contaminación es ya irrisorio: una circulación fluida a 120 km/h siempre contaminará menos que una circulación lenta y con frenazos y acelerones a 60 o 80 km/h).

Luego está el tópico de que si la culpa es de los coches, que son cada vez más potentes, que si no debería correr tanto... ¡Señores, que estamos en el siglo XXI! Claro que deben ser cada vez más potentes y veloces. Y también más seguros y fiables. En esto los fabricantes cumple con su obligación, pero luego el estado de las carreteras y autopistas de nuestro país no se adecua a la época en que vivimos. ¿No os parece por lo menos curioso que a medida que avanza la tecnología los desplazamientos se realicen con mayor lentitud? Quizá la solución no esté en limitar las velocidades. A lo mejor sería más fácil volver a usar caballos y diligencias para movernos de una aldea a otra. O asegurar la navegabilidad de nuestros ríos e ir de vacaciones al pueblo en canoa.

Seamos serios. Cada nueva medida de los ayuntamientos tienen el único propósito de alimentar las arcas, sacando dinero siempre del contribuyente. Y si no, otro ejemplo: las zonas azules y verdes para aparcar (aparcar en una ciudad en la que pagamos nuestros impuestos, incluyendo el de circulación, y que se supone que es suelo público). ¿No tienen fin recaudarorio tampoco? Propongo un experimento: que cualquier ayuntamiento analice los problemas de trafico, de contaminación y de mortalidad desde antes de imponer todas estas medidas lucrativas con las de ahora, y si no hay una mejoría para el bienestar del contribuyente claramente demostrable que que quemen los radares y la guardia urbana dedique su tiempo libre en devolver al asfalto de nuestras calles su color original.

Una reflexión antes de despedirme. Si existe un código de circulación que indica que el límite de velocidad en autopista s de 120 km/h, 100 o 80 en carreteras dependiendo de sus características y 50 en núcleos urbanos, ¿qué amparo legal -o por lo menos moral- permite a un ayuntamiento cambiar esas normativas a su antojo? Porque si esto ocurre, ¿llegará en día en que se apruebe una ley que permita multar a quien vista chándal en domingo, por ejemplo? ¿O camiseta de colores chillones en ciertas calles en concreto? Sí, se que rallo el absurdo, pero creer que estas nuevas normas de circulación son por nuestro bien y no una muestra más de la basura política a la que estamos sometidos también me parece absurdo.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Big Bang: La teoría del buen humor.

Por esta vez, y sin que sirva de excepción, voy a dejar de un lado las críticas habituales del blog para centrarme en algo más agradable como es recomendar una serie de televisión. Es por todos conocido que la ficción televisiva está viviendo una edad de oro superando en calidad y originalidad a muchas producciones cinematográficas, como demuestra el éxito de títulos como Perdidos, Prison Break, Héroes, C.S.I., etc. y el paso de muchos actores del celuloide a la pequeña pantalla, algo que en otra época se hubiese visto como un paso atrás en sus carreras y que ahora permite a muchos vivir una segunda juventud repleta de popularidad y premios (caso de Martin y Charlie Sheen, Donald y Kiefer Sutherland, Alec Baldwin, etc.).
Sin embargo, no es mi intención hablar de ninguna de estas superproducciones de pequeña escala que luchan entre ellas para conseguir su mejor cuota de pantalla y con el temor de ser canceladas al más mínimo descenso de audiencia. No, la serie de la que os hablaré es bastante más modesta y sin más pretensiones que la de hacer reír y pasar un buen rato, eso sí con un humor satírico e inteligente como hacía años que no veía en televisión.
Se trata de "La teoría del Big Bang" (también llamada "Big Bang" a secas), maltratada en espacio matinal (como es habitual) por Antena 3 o Antena 3 Neox y que se ha convertido (como es también habitual) en carne de cañón de emule, aunque sea políticamente incorrecto decirlo aquí.
La serie, camino en convertirse, casi sin levantar la voz, en un clásico del humor, está producida por Chuck Lorre productions y Warner Bros Television, los mismos de Dos hombres y medio o Las chicas Gilmore, y basa su éxito en una combinación de buenos guiones con unas interpretaciones excelentes.
Leonard y Sheldon con dos amigos a la vez que genios que alternan su pasión por la ciencia (ambos tienen doctorados en física y son considerados prodigios en sus respectivas materias) por las aficiones más "frikis" como los comics y los videojuegos. Los dos comparten piso que es a la vez cuartel general de su cuadrilla (completada por Howard y Raj, no menos brillantes e inteligentes) y todo funciona a la perfección dentro de su peculiar orden en la vida hasta que conocen a su nueva vecina, la atractiva aunque algo cortita Penny.
Este es el punto de partida de una serie centrada en las relaciones de los genios con el mundo exterior, con unos argumentos centrados principalmente en la relación entre Leonard y Penny pero con los mejores gags siempre alrededor de la figura de Sheldon, soberbio, prepotente, asocial e inadaptado, incapaz de reconocer actitudes como el sarcasmo pero devoto fan del personaje Spock de Star Trek.
Los chiste, inteligentes a la par que surrealistas, se suceden sin parar, logrando con acierto combinar teorías científicas reales (aunque simplificadas para el entendimiento del más simple de los mortales) con guiños al mundo de los comics, las videoconsolas o el cine de ciencia ficción. Pero por encima de todo ello, los sentimientos, las relaciones con la sociedad y la amistad siempre primará en este peculiar quinteto que ha conseguido colarse ya en la gala de los Emmy (dos nominaciones en el 2009) y en los Teen choise Adwars (premios a la mejor comedia y al mejor actor de comedia) teniendo a Jim Parsons, el actor que interpreta al histriónico Sheldon su mejor baza, un interprete que borda su personaje y que hace que una vez lo conozcas dudes entre amarlo u odiarlo, pero siempre imposible de olvidar.
En su tercera temporada en Estados Unidos, el público está apoyando la serie, que crece en audiencia temporada a temporada, aunque en España esté pasando algo desapercibida perdida en un horario infantil y con una programación desordenada y repetitiva.
Para la historia quedarán escenas como la de Penny regalando por Navidad una servilleta a Sheldon firmada por Leonard Nimoy o la partida de piedra, papel, tijera, lagarto, Spock.
Muchas risas en una época en que reír se ha vuelto más importante que nunca. Dadle una oportunidad y ya me contareis...